¿Alguna vez pensaste que cultivar tus propios alimentos era solo para quienes tienen un gran jardín o experiencia agrícola? Yo (Alx Andrade) también lo creía. Pero en 2016, después de estudiar un curso sobre agricultura urbana en Barcelona, visitar unas granjas agroecológicas en Suecia y explorar los «Green Banks», un club de espacios compartidos para la agricultura urbana, en Londres, algo en mí cambió. Al regresar a Guadalajara, decidí transformar un pequeño rincón entre las escaleras de mi departamento en mi primer huerto urbano. Sin saberlo, ahí comenzaría una aventura que terminaría por cambiar mi vida por completo.

Lo que empezó como una curiosidad personal se convirtió en una pasión que me llevó a fundar El Rincón Verde, escribir tres libros (y uno más en camino), e inspirar a cientos de personas a reconectar con la tierra desde sus propios hogares. Pero más allá de los logros visibles, estos primeros seis meses de cultivo marcaron un antes y un después en mi manera de comer, vivir y entender la naturaleza.

Así comenzó todo

Durante ese año 2016, yo no buscaba grandes resultados. Solo quería llevar un poco de vida verde a mi espacio. Tenía inquietudes sobre lo que comía, sobre el impacto ambiental de nuestras elecciones diarias, y sobre cómo podíamos ser más autosuficientes en la ciudad. La idea de cultivar mis propios alimentos no surgió de una emergencia, sino de una necesidad interna de conexión.

Encontré en ese pequeño hueco entre escaleras un lugar donde experimentar. Después de una investigación, me encontré con los EcoHuertos, lo cual fue una gran solución para iniciar la aventura. No tenía un plan maestro ni conocimiento profundo, pero tenía ganas. Muchas ganas.

Tropiezos, aprendizajes y primeras cosechas

Mi primer huerto fue mi mejor maestro. Me enseñó que no todas las plantas crecen igual, que el riego se aprende más por la experiencia que por los libros, y que ver germinar una semilla es una de las cosas más emocionantes que uno puede vivir.

Cometí errores, claro. Sembré demasiado en muy poco espacio, no consideré la orientación del sol, y me topé con mis primeras plagas. Pero también viví pequeñas victorias: la primera lechuga lista para cortar, el aroma fresco del romero al pasar junto a él, y esa sensación de haber creado algo con mis propias manos.

Un cambio más profundo de lo que imaginaba

Lo que más me sorprendió no fue la producción de alimentos, sino todo lo que vino con ella: mejoré mi alimentación, reduje mi estrés y comencé a ver el mundo con otros ojos. Cultivar me enseñó paciencia, constancia y respeto por los ritmos naturales.

Además, empecé a compartir este proceso con mi familia, y luego con amigos. Lo que era un experimento personal se convirtió en una forma de vida, y de ahí nació el impulso de fundar El Rincón Verde: un espacio para que más personas puedan vivir esta transformación.

Hoy, con tres libros publicados, talleres en distintos estados y un equipo que comparte la misma visión, sigo regresando a ese momento entre las escaleras donde todo empezó. Porque ahí comprendí que un huerto urbano no es solo un lugar para cultivar alimentos… es un espejo donde te encuentras a ti mismo.

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